domingo, 31 de octubre de 2010

PÍLDORAS FLAMENCAS



CAMARÓN
“Vamo a empesá un poquito por bulería y despué ya lo que ustede querai…”

No puedo decir cuándo te vi, Camarón, por primera vez. Quizás fuera a la vuelta de la esquina, en la calle Aurora, justo al lado de mi casa, aunque ya conocía bien  tu perfil por la carátula de los discos, tu perfil de príncipe simiesco.
Tampoco puedo decir con certeza cuándo te oí por primera vez. En cualquier radiocasete de un amigo, en el primer festival flamenco al que asistí en mi pueblo (no más allá de los dieciséis años, pura locura negra de gitanerío), o en la radio del autobús que me llevó por primera vez a Sevilla. Sí puedo decir que tu desgarro y tu pureza me acompañan desde entonces. 

Yo soy la chica morena que quiso ser gitana solo por sentirse más cerca de ti. La que pasó horas y más horas en tu compañía en la soledad de mi cuarto, cantando a tu lado un  algo desafinada una bulería cósmica, machacando mi entrecejo a golpe de compás.

Al mimbre del río y a la aceituna molida, a  Lorca y a Omar Khayam me acercó dulcemente tu cante.

Recuerdo estremecida aún (casi treinta años después) los minutos de espera hasta que te sentabas con timidez  y casi sin levantar la vista del suelo antes de entonar y arrancarte a cantar, y que el público rugía, como en el circo romano. Justo hasta ese segundo en el que Tomatito u otro astro cerrara los ojos para empezar a tocar y el silencio expectante de miles de personas se volviera  espeso como un sueño antiguo.

También recuerdo con no menos estremecimiento cuando te subían reverentes  los niños al escenario para que los tocases o los bendijeses como un santón hindú, o los rojísimos corales bailando bulerías en las orejas de las viejas. Las tardes luminosas en el dos caballos sin capota oyendo Como el agua camino de Cádiz, tu voz desnuda de todo lujo entonando un sobrio martinete.

Camarón me arrebataba, me llevaba muy lejos, se adueñaba de mi alma de chiquilla apasionada y un poco loca. Y aun hoy lo consigue sin dificultad.

Vivías en la calle del Teatro, cerca de mi casa, tu viejo mercedes siempre aparcado en la puerta. Te encontré alguna vez junto a la plaza y una tarde en la que yo iba con un montón de ropa en los brazos para llevársela a Angelita la costurera, nuestras miradas se cruzaron, mi corazón se alteró y tardé varias noches en recuperar mi sueño pesado de  adolescente.

Unos años después, te encontré en Ronda y me paré a hablar con la Chispa, tu mujer, a la que conocía de La Línea. Solo mi represora buena educación me libró de plantarme de rodillas en medio de la calle La Bola ante ti para que también me bendijeses a mí, como  a los niños gitanos, devota de tu cante iluminado.


LA PAQUERA DE JEREZ

¡Madre mía, qué mujer tan enorme la Paquera! No te confundas: ella es la gran heroína, la auténtica galáctica. 

Tu luminosa voz me hizo compañía muchas tardes lluviosas para quitarme el letargo de lo oscuro, potente y descarnada.


Arrobada, te oí en Cádiz en el parque Genovés cantando a pleno pulmón, sin intermediarios: cuánto incendio.

Cantando el gurugú me perdía por las callejas de tu garganta. Pero las soleás...ay, las soleás en tu boca tenían un regusto dolorido, creo que a tu pesar.

La última vez que te vi y oí, pocos meses antes de morir, fue en un festival en Ronda. No sé por qué motivo me había levantado de mi civilizado sitio algo lejos pero centrado para colocarme en un asiento libre en un lateral, el escenario y tú a dos pasos. Grande, poderosa y salvaje, como un toro de Miura, apartaste  tu silla de un puntapié y empezaste a cantar en medio del escenario. Sin micrófono y dándote golpes de pecho, levantando una gran polvareda en el entarimado con tu zapateado, polvo que bailaba al compás de tu potencia turbadora, nublándote y rodeándote con un nimbo de poder y misterio. 
Me quedé encogidita en la silla de enea. 

Ya lo he dicho, un toro mitológico con una voz que llegaba a las estrellas.



ESTRELLA  MORENTE

Dulcísima estrella del amanecer, tu voz alada y antigua brotando de tu garganta joven me lleva por recovecos flamencos abiertos, frescos, luminosos. Serán las umbrías callejuelas del Albaicín las que recorro en tu compañía sin saberlo.

Porque te llamas Estrella…porque si te llamaras Custodia siempre estaría en la fila de comulgar.

Hija del cante grande y afilado, bella como una paloma en pleno vuelo.


FERNANDA DE UTRERA

Ay, Fernanda, mi Fernanda. Para ti qué pocas palabras comunes  encuentro. A ti hay que rezarte.

La emoción de tu voz me atrapa, me arropa y no me suelta, envolvente como una pitón antes de devorarte: la diosa de las uñas color coral.

Lágrimas y más lágrimas. Y gracias por darme tantas lágrimas, nadie me ha hecho llorar tan bien como tú.

No me lo podía creer la primera vez que te vi: ¡esta mujer está hecha de fuego!, de rojo riguroso, la bella entre las bellas. De una belleza incomprendida, extraña, negra, pero tu risa tan blanca. Ni te cuento la primera vez que te oí: de puro estremecimiento, dejaste mi alma tiritando. Tu reino tampoco es de este mundo, de  tan terrenal.

Nadie cantará como tú ni falta que hace. Única, Reina de la noche, Luz siempre encendida al fondo del callejón, Emoción desnuda, Pañuelo de mis penas, Mujer a quien dirijo mis oraciones yo, desterrada, hija de Eva.



JOSELERO

¡Yo fui un día nieta de Joselero! O por lo menos eso me dijeron mis amigos en Morón, cuando fuimos a escucharte en varios coches destartalados desde Ronda. Curvas en el camino, risas, pitas y girasoles tostándose al sol de julio… y lo mejor estaba por llegar.

Yo tan torpemente joven y tú tan viejo. Yo tan frágil, tú tan grande.

Aun recuerdo que esta tarde llevaba los pendientes plateados de medias lunas y una trenza larga.Tan pequeño en el escenario hasta que empezaste a cantar y yo supe ahí aun en mi inocencia que asistía a un milagro: tu cante telúrico, una reliquia de mi pueblo antiguo.

Mi caballo Moro cabalga junto al tuyo por las tierras rojas del Gastor, aprendiendo de él, abuelo.


CARMEN LINARES

La luz gloriosa de tus ojos claros es solo un pálido espejo de tu voz. Tu voz diáfana, sentimientos tan grandes viviendo en ella. ¡Cuántas gracias tengo que dar a tu cante elegante y bendito, cuanta compañía me hace en tantas tardes de mi vida!

Debo confesarte un secreto: mil veces que te oiga cantar los poemas de Juan Ramón, mil veces que lloro, ni una menos. La pareja perfecta  trayéndo hasta mi casa la luz blanca y celeste de Moguer, el brillo del mar allá a lo lejos, el dolor de la distancia y el exilio.

Y los ojos de Zenobia, claros y puros como los tuyos, me dicen que te escucha desde el limpio cielo y que gracias a ti ya está aprendiendo a llevar el compás con el tacón.



LOLE, MANUEL, LOS MONTOYA Y LA NEGRA.

Antes de antes de antes, al principio de los tiempos, de mis tiempos, ya estabas Lole allí para cantarme.

Suspiros. Quince, dieciséis, diecisiete años y venga Lole y más Lole y cuánta alegría en tu compañía, poniendo tus discos una y mil veces y venga mirarte en las manoseadas portadas junto al bello Manuel, para mimetizarme y parecerme algo a ti de tanto mirarte.

Cuanta felicidad diste a mi atribulada adolescencia, con tu voz limpia, valiente, oreada al sol de Triana.

Y cuando ya me visitaban tus hermanas, el siemprebello Manuel con su cálida voz cascada o tu madre la Negra cantando potente  aquello de Ya llegó la primavera, lo dice la mariposa que pasó por mi cancela… lo dice el aire, lo dices tú con esos ojos llenos de luz…no se podía vivir mejor entre las cuatro paredes de mi cuarto con tanta fiesta.

¡Me ayudaste a robar el corazón de algún muchacho!
Juventud dichosa la tuya y la mía compartida, tú cantando, yo cantando contigo, tú más alto, yo un poco más, en un duelo feliz. 
Canción de lirios moraos y limones amarillos, canción que va por el agua



CAPULLO DE JEREZ

A mis hijos cuando eran chicos les daba mucha risa El Capullo. Mira qué feo, mamá y es mentira que tenga ese nombre, es mentira, ja, ja…¿verdad?

Pero sí, tu nombre es una promesa y tú no eres feo, chaval, solo es una pincelada cubista en tu cara cuarteada y morena.

Qué delicia es escucharte, Capullo, cuando te atascas y tu cante sigue tartamudo un rato, prisionero de tanta ganas de volar que tiene. Yo me quedo ahí contigo, expectante, atascada también un poco, hasta que recuperas el paso y el camino de Jerez a Sevilla se llena de espigas y algodón blanco, azul eléctrico como después de un chaparrón.


CURRO MALENA

Una sola cinta de casete sirvió para que te amara una larga temporada. Una sola cinta oída más  de cien veces debe contar como más de cien  besos aunque fueran chiquititos, digo yo.

Por su culpa,  estuve  yo desolada por las injustas calabazas que te dio esa estúpida mujer morena y también por ella tuve pelusilla de la bella molinera del cuento. Cada una de las muchas más de cien veces que la oí, me puse nerviosa y feliz con tu voz varonil, profunda y alta, andaluza por los cuatro costados.

Parece mentira Curro, una cosa tan pequeña como una cinta de casete y cuántas aventuras compartimos gracias a ella…Aun ando buscando por los cajones de mi casa esa llave. La pícara llave del molinero, con la que cierra, con la que abre…



GASPAR DE UTRERA

Lo tuyo conmigo, o lo mío contigo, Gaspar, es minimalismo pasional ¡toma qué cosa más rara!

Voy a explicarme: una sola canción, un sola, ni quiera una cinta o un disco entero, ha sido suficiente para que ocupes tribuna preferente entre mis flamencos más queridos.

Yo no soy viejo ni sabio, me dices. ¡Gaspar!: que tú no fueras viejo, no te lo permitió la muerte que vino a buscarte antes de la cuenta, pero sabio…ese es ya otro cantar, te lo digo yo que estudié filosofía.

La pasión qué  bien te sienta, compadre. Y qué buen maestro eres cuando me recuerdas eso de que Hay que estar siempre florío…


ENRIQUE MORENTE

Erase una vez un cantaor tan grande, tan grande, que se puso un día en pie, sin puntillas, y tocó las estrellas.


Era tan grande y tan valiente, que a pesar de ser gitano, el amarillo no le daba mal fario y tampoco le daban miedo los dragones y aun menos las lagartijas.

Tan grande, que conoció en el cielo a Picasso, y el pintor le pidió un autógrafo.

Tan tan grande que vive aunque haya muerto porque su arte era tan del pasado y del presente como del futuro.






DON ANTONIO MAIRENA

¡Ay Don Antonio, qué ganas tengo que llegue el mes de los caracoles!

No me explicaba cuando era joven cómo escucharte podía ser como entrar a una Catedral  unas veces y otras  pasar al patio de un vecino divertido que cuenta historias antiguas con mucha sal. Ahora ya entiendo que si eres muy grande, te pueden pasar esas cosas, que puedes ser siempre el mismo, siendo siempre distinto: lo mismo le pasaba a Merlín el Mago.

Cuando te vi en un festival en Osuna me firmaste un autógrafo en el programa dedicándoselo, engañado, a una calí juncal. También nos hicieron una foto a los dos juntos ese día. Esa foto enmarcada estuvo colgada  en la pared  de un bar muy flamenco de esa bella ciudad.

Me gusta pensar que aun sigue ahí, empolvada y detenida mi juventud en el tiempo, junto a ti, mi tío rico, escuchando los dos alguna noche cante bueno entre viejas  botellas de vino  medio vacías.





LA MACANITA

Mira Macanita, te lo voy a decir claro, contigo en la cocina, que es donde te escucho siempre, cualquier día se me quema la comida. Y es que no puedo evitarlo, y cuando cantas con esa voz que te sale de mucho más abajo de la garganta y que tanto me gusta, me tengo que poner a bailar aunque tenga la comida al fuego. Bailar malamente, lo reconozco, pero es que me cosquillean los brazos y los pies.

No te hace falta nadie al lado para estar acompañada, qué bien lo haces también  sin guitarra ni palmas, desnuda tu voz oscura. Esa voz caliente y de oro, como el vino de Jerez madurando sin tiempo en una profunda  barrica de roble.

Y cuando me cantas esa  cantiña a mi sola, y me confiesas que el del pelo anillao que a ti te mira, un beso de su boca, va y te lo tira, mira prima, me alegro por ti, ¡pero qué envidia cochina  me da ese beso!



CHANO LOBATO

Chano, tonto, para qué te has muerto con lo que me gustaba a mi verte tan repeinao y con el pañuelito asomando por el pulcro bolsillo  pasear por la calle Sierpes y reírme con tus historias siempre repetidas cuando salías en la tele. Ay mi Chano.

Pero tu cante lleno de luz gaditana, ese se ha quedado aquí conmigo. Cuantos cascabeles en tu boca cuando cantas por alegrías, tito Sebastián, mi pulso acelerado cuando escucho tu tirititrán. 

Aunque no lo sepas, compartimos muchas vivencias. Yo, como tú,  he vivido en mis carnes que cuando se entra a Cádiz por la bahía se entra en el paraíso de la alegría y como tú también he sentido escalofríos con  las sirenas de los barcos cuando dicen que se van. 

Ahora tú me llevas la delantera y en el cielo debes estar comprobando, oh maravilla, cuánto le gustan a San Pedro las cañaillas.



Te vi en el Teatro Lope de Vega en un homenaje que te dieron por tus sesenta años de buen oficio, con el Habichuela al toque, qué dos. Allí me encajé la primera y madre mía, sentada yo sola en esa butaca roja, lo que me reí, lo que bailé, lo que aplaudí. Lo bien que me lo pasé contigo, escuchando tu cante afortunado y las mismas historias de siempre, siempre ligeramente variadas, puras mentiras diamantinas en tu boca.

Chano, de todo corazón, Gracias.
¿Gracias, niña? ¡Las que tú tienes!



EL CIGALA

Pildorita pa el Cigalita, que también se la merece. ¿Dónde vas con tanto oro, chiquillo, si a ti no te hacen falta lujos, si ya brilla tu voz solita?
Qué fortuna llevas encima. Tú te ríes como nadie, menuda suerte que tienes, y tus lágrimas, negras o a pares, también las lloras con suerte.

Cuando plancho escuchándote, las arrugas se quitan solas de la ropa. Te voy a tener que pagar un sueldo. ¡Ah! Y qué ricos los tangos con los que tan bien te atreves,  joío.



BERNARDA DE UTRERA

Bernarda, tita querida, cuánta buena mujer concentrada en tu cuerpo pequeño. 
Tuve tiempo de reparar una gran injusticia que cometí contigo y eso me alegra: valorarte a ti y a tu cante sin paliativos, tú con una hermana gigante cuya sombra tapa, a su pesar, a cualquiera. 

Ya he dicho que a Fernanda hay que rezarle, pero a ti te voy a hablar como se le habla a alguien que te toca el corazón. Agarradas  del brazo, apretadas, hemos andado por las callejuelas de un pueblo perdío o hemos esperado con frío, de madrugada, en el balcón, a quien nunca ha de regresar. Quien comparte eso, tita, puede  compartir todo lo demás.


El  Romance de la Reina Mercedes, que tantas veces he cantado yo  con mi  poca voz, me ha hecho monárquica siempre que te lo he escuchado a ti: eso sí que tiene mérito. Pero es que el arte tiene esas cosas, que lleva a las emociones de viaje y desconoces cuántas paradas harás y cuál es el destino final.

Te escuché en varias ocasiones gloriosas en directo: tú de corto, Fernanda de largo, las dos mordiéndome  a placer.

Estuve en la iglesia de Santiago para despedirte. Cuando te cogieron en hombros para que presentaras tus respetos al Cristo de la Buena Muerte, lloré desconsolada como tu sobrina que soy.

Bernarda y Fernanda de Utrera, Fernanda y Bernarda, no se puede pedir más.


 





 


                                            PíLDORAS FLAMENCAS


Las píldoras suelen ser pequeñas, aunque sus remedios sean grandes.

En poca dosis, mis vivencias flamencas han quedado aquí escritas. Pero no son las únicas y mi gusto por el flamenco y sus primos más o menos allegados, es amplio y versátil.

He disfrutado y disfruto horrores con la rumba catalana de Peret y su parentela, con los Ketama y toda su corte de ahijados jóvenes, también con los que meten flautas o pianos o percusión en el flamenco ¡oh sacrilegio!


Con Rocío la más Grande y La Pantoja cuando están en vena. Con las divinas Copleras antiguas y algunas muy jóvenes, a las que reverencio. 

Con Bambino (¡ay, cuánto Bambino!)
Con las sevillanas majestuosas del Pali y las Corraleras de Lebrija.
Con las canciones del talego de Los Chichos o Los Chunguitos es que me pierdo.
Con Triana, a los que ya idolatraba en primero de B.U.P.
Con mi Javier Ruibal cuando se pone farruco, lo cuál es siempre.

Con los boleros o los tangos, tan flamencos de corazón. Hasta con el Príncipe Gitano cantando por Elvis si tengo el día más tonto de la cuenta. Desde bien chica, me ponía nerviosa con el achilipú  y cardiaca con Las Grecas cuando cantaban aquello de Te estoy amando locamenti pero no sé cómo te lo voy a decí.


También me lo paso pipa con el baile, por supuesto, desde el más añejo al más elegante, o al innovador, pasando por la escueta pataita, que bien dada, para mí es lo más de lo más. Con las palmas a buen compás, con las guitarras mágicas y las sabias manos que las domestican (merecerían capítulo aparte), hasta los jaleos y los buenos  oles me ponen los pelos de punta alguna vez.

Y también con muchos más cantaores de los que han quedado aquí “pildorizados”. Con José de la Tomasa, su enorme tocayo José Mercé (la nube de humo de la cafetera siempre me lo trae a la cabeza), con el Beni de Cádiz, con el Funi cuando dice aquello de que lo mando yo que es como si lo mandara el gobernadó, con la voz simpar del Lebrijano (escuché mucho su cante por galeras en mi primera juventud, cuando me hipnotizaba con  aquello de Libre como el aire, libre como el viento, como las estrellas en el firmamento), con la Susi tan chiquitita y tan grande, con Adela la Chaqueta, con los fandangos, las saetas que tan bien pellizcan…¡y hasta con las chirigotas!

Con Rancapinos, Juanito Villar o El Cabrero, a los que he escuchado maravillada en algún festival. ¡Terremoto y Agujetas!


Con aquella bellísima copla cantada en tantas voces: Al Museo de Sevilla iba a diario Juan Miguel, a pintar las maravillas de Murillo y Rafael…y con esta otra que pregunta Dime, dime, puentecito, Puente de San Rafael.


Con Otis Reding, Amalia Rodrigues, Youssou N´Dour, Silvio el león de Sevilla y Van Morrison, flamencos puros aunque no lo sepan. 

Con Canalejas de Puerto Real, diviiiiiiiino con sus cantes de ida y vuelta. Con la Niña de la Puebla, Remedios Amaya, Juana la del Revuelo y algunos vecinos suyos del Polígono Sur; la Niña Pastori, que me encanta. 

Con Miguel Poveda y muchos jóvenes y mayores que aún me esperan. Todos y todas, aquí sí quiero ser políticamente correcta, han sido pildoritas que me han hecho mucho bien: robándole la frase a otro aficionado al cante y cantante, Alejandro Sanz, han sido alguna vez tiritas para este pobre corazón.

Algunos de los que cantan por la calle bajo la solana o la noche húmeda, son bastante buenos...o por lo menos valientes. Aprecio mucho a una pareja mayor con organillo y amplificador que se pone a veces en Sierpes o Tetuán. Son entrañables, pero de afinados andan regular nada más. A mí siempre me dan ganas de decirle al hombre, de negro riguroso porque me imagino que aun le guarda luto a  la cabra: “caballero, disculpe, pero páseme el micrófono un momentito porque esto que usted canta, con todo el respeto,  es en realidad así…”, cuando fusila aquello que suena tan bien en boca de Bernarda: Callarse por un momento, ya se acabó el Cante Grande, que ha muerto Antonio Mairena que cantaba como nadie.


Bueno, lo dejo por el momento que ya está bien. 
No tengo remedio: estos días he bailado un poco en la silla mientras escribía y disfrutaba estas píldoras flamencas.






SALUDOS




Escaparate de Bruselas. Foto de S.M.


Mi abuela Encarnita no tuvo más remedio que hacer limpieza en casa en aras del mejor postor.

Una gélida tarde de diciembre de muchos años después, encontré retratos de algunos de mis antepasados en este escaparate de un anticuario de Bruselas. De la impresión se me quitó el frío.

La tía Enriqueta con su inseparable abanico rosado que solo paliaba un porcentaje ínfimo de sus innumerables sofocos. El tío abuelo Martín (a la izquierda), labrador de pedigrí y juerguista empedernido, que dilapidó en burdeles, tabernas y huesos de pollo toda la fortuna de la familia. Y en el centro mi tatarabuelo Tobi, mariscal del glorioso Imperio Austro-húngaro, muerto en el frente de batalla de la Gran Guerra allá por septiembre de 1914 y sobre cuya tumba, coincidiendo con el centenario, yo depositaré un ramillete de margaritas. Esas de corola morada que a él, según me han contado, tanto le gustaba mordisquear.