viernes, 28 de diciembre de 2012

LOS PERROS DE LA INDIA


Eterno subido en su moto. Foto de S.M.
 Voy a hablaros un poco de los perros de la India porque mi alma canina quiere. Y porque creo que ellos, los valientes, los indiferentes, los últimos de entre los últimos, lo merecen.

 En mi cuaderno de viaje "Viaje  exprés a la India. De Sevilla a Benarés" he mencionado a los que en los parques se plantan a tres metros de los comensales y esperan hieráticos, durante horas, a que les tiren las sobras de la comida, algún huesecillo o el borde frío de una empanadilla picante con el que ellos harían más maravillas que Ferrán Adriá. A los que pasaron olímpicamente de comer mi exquisito naan, esos que me miraron con una pizca de desprecio cuando les ofrecí el pan indio que también rechazó una enorme vaca sagrada y que acabó comiendo un niño mendigo. Al que dormitaba a la sombra del do, el ficus de la Iluminación, cuando buscamos a Buda entre las ruinas de Sarnath. He hablado del cachorro suicida y valiente que dormitaba en un cruce atestado de tráfico y del  perrito que dormía plácidamente sobre la piedra con inscripciones en sánscrito, cuando vi el Ganges por primera vez, justo antes de que empezara a llorar dentro de mi propio sueño.  De mi paciente amigo y sus colegas, que a estas horas aún seguirán mirando entre hipnotizados y esperanzados los sabrosos muslos de "pollo a la polución" en el tenderete que había junto al hotel. Conté cómo los vimos enamorados en la ceremonia del río sagrado, el aarti, hasta que el brahmán disolvió a patadas tanto exceso amoroso. Los he metido en mi cuento borgiano, y no tengo palabras para agradecerles suficientemente los créditos que aportaron cuando fui a Benarés a empadronar mi alma.

 Casi todos los perros indios parecen hermanos, o a lo más, primos. Solo se aprecian un par de razas, y los colores, tan majestuosos y variados en otros aspectos de la vida india, son muy parcos en ellos. No los necesitan. Apenas si los hay con manchas o lunares, casi todos son blanquecinos, ocres o negros, todos están muy sucios y a la mayoría les falta un trozo de oreja. Están tatuados de cicatrices, cuando no de heridas vivas. Son peleones aunque camaradas, pasotas y asustadizos, acostumbrados a los palos, listos a rabiar.

 A veces son ellos los que lideran los cruces de peatones cuando el tráfico está más duro. Siempre buscan el montón de basura más mullida o el saco mejor plegado sobre un carro cuando se van a dormir. Las distancias se nos hacían eternas parandónos para observarlos,  tocarlos, incluso para hablar con ellos, con las decenas, centenas, millares de perros con los que nos encontramos en las calles de la India.


 Nunca pasan hambre porque están hechos de hambre.


 Husmean sin pudor entre las maderas de los crematorios, caminan leguas a la sombra de los templos y estoy casi segura de que alguno sabe tocar los crótalos.
 A ese que sale en la foto cruzado de brazos, luciendo su mejor perfil, le falta el ojo del otro lado. El que posa bajo el cartel de “Siddartha”, es profesor de yoga. El negro que descansa sobre la moto marca “Eterno”, es en realidad eterno. Todos lo son, son el mismo perro siempre repetido, el perro que no muere nunca porque ya nació un poco muerto, libre de futuras reencarnaciones. Bendecido y libre.

 Están en todos los mausoleos ocupando las sombras más frescas, descansan entre las ruinas de los templos budistas de Sarnath, suben y bajan las escaleras de los gath sin descanso. Duermen custodiando los lingam de Shiva en la trimilenaria Benarés o entre las ruedas rotas de un carro en la Vieja Delhi más vieja. Hay decenas, cientos, miles. Sus ojos oscuros son espejos en los que se refleja tu alma, su hocico siempre hambriento es la misma boca por la que tú hablas y chillas y ríes, no lo olvides.
Los cachorros maman de pie, no tienen tiempo que perder ¡todavía hay tanto que jugar hasta que  llegue la noche oscura!
Los indios, errados, consideran a los perros lo último de lo último, los intocables de entre los animales. ¡Menudo despiste da masticar tantas hojas de betel!

 Mientras escribo esto aquí en Sevilla, las vacas sagradas no han conseguido salir del laberinto, el lobo gris sigue aullando allá a lo lejos, la araña urdiendo su tela sin descanso. Solo los perros están relajados, escarbando en la basura, lamiéndose las heridas los unos a los otros. Contemplando con los ojos medio guiñados la puesta de sol tras el río, el agua sagrada que siempre va y va.

Jugando en la orillita del Ganges. Foto de S.M.

ILHA DE TAVIRA



Tarde de invierno en Tavira. Desde el barco. Foto de S. M.


Dejo descansando en la mesita de noche de la 106, “Residencial Marés”, el libro de Antonio Lobo Antunes “El orden natural de las cosas”. Me peino en la medida de lo posible, cojo el pañuelo para aplacar el  desmán del viento en mi cabeza y tomamos rumbo a la isla. Atrás queda un hermoso cielo cargado de chaparrones y arco iris.


Buscando el orden natural de las cosas,  no encontramos mejor sitio para aparcar el coche que junto al restaurante “Portas do mar”. Nos dirigimos al muelle donde atraca  el Oslo, el pequeño barco que nos va a  llevar a la isla de Tavira arropados por  la corta y poderosa luz de esta tarde de diciembre. El pantalán huele a infancia. El mar no es ese ente brutal que en mi libro nunca se ve pero siempre  se oye golpeando los húmedos muros de la prisión de Tavira. No hay hipnotizadores levitando, ni  veo las bocas de las profundas minas de Johannesburgo, ni cocoteros meciéndose en las playas de Mozambique entre los que Lobo Antunes rebusca un orden confuso para la realidad de sus otros yo. Aquí hay otra realidad. Y me gusta.

El noray suelta preciosas esquirlas de óxido y yo mojo mis dedos para recogerlas en el frio charco rojo en el que se refleja.  Bajando los escalones, encuentro viejos mejillones que se arraciman para darse calor en las oscuras entrañas del muelle.  El arco iris ha reducido tamaño pero ha aumentado su intensidad: es el escalón mágico que te sumerge entre las nubes oscuras para encontrar las monedas de oro del cuento. El  barco se suelta de la amarra justo en el momento en el que todos los mensajes ocultos se descifran. Este viaje que sigue el vuelo rasante del cormorán es el recreo perfecto: ¡por fin ganan los buenos!

Al llegar a la solitaria isla de Tavira y aprovechando la buena racha, recojo los abundantes tesoros que ella se empeña en  regalarme, en regalarnos: la cortina de una lluvia finita,  las huellas de los correlimos en la arena, la alta caña que pasa a ser el bastón de mando campero del patriarca, el asa de una tinaja -o hasta ánfora- filigranada de incrustaciones de vieja vida marina.

Pero entonces él propone un reto, una pregunta,  por la que vuelve a asomar una rendija de mi inseguridad: ¿en qué lado de la isla te quedarías a vivir? Pues es evidente que la alargada isla tiene dos lados bien distintos, dos caras opuestas, dos maneras de ordenar la realidad.

El lado sur se abre al mar sin medida, al océano de olas desordenadas  y al abismo atlántico. La aventura  y lo salvaje. El lado norte da a la ría tranquila, al faro y la tierra bien firme y hermosa del Algarve. Lo predecible y cómodo. ¡Ay! vamos a ver ahora qué hago, qué decido, dónde planto mi hipotética casa sin hipotecar, pues es verdad que ambos lados me seducen.

En esta diatriba me encuentro cuando pasa un pesquero renqueante en el que ondea la bandera de Portugal, y me da la clave. También esta bandera se parte entre el verde doméstico de la tierra labrada y el rojo del peligro, del oleaje desatado y poderoso, del mar sin puertas. Y los portugueses, pillines, han plantado en el centro, entre ambos colores y uniéndolos, su escudo. Esa esfera de aires manuelinos que hace referencia a la vocación marítima del país.

¡Ahí plantaré mis reales, como el escudo, entre el rojo y el verde! Claro que sé, no hace falta que me lo digas,  que ese sitio es la atalaya de los indecisos. Y de los cobardes.  Pero también es cierto que las promesas se encuentran a los dos lados y que no fue Sancho, sino el mismísimo Quijote el que dijo más o menos aquello de que entre los extremos de la cobardía  y  lo temerario, se halla  la hidalguía.

Regresamos casi al anochecer de la isla de Tavira y encontramos la ciudad mojada y adormecida. Los adoquines del Puente Romano brillan por la lluvia y aún nos queda otro largo paseo por sus largas calles hasta que regresemos  al hotel  y nos bebamos  un oporto blanco sobre la colcha azul para redondear el recreo de esta tarde de diciembre. En la mesita de noche sigue descansando, tal como lo dejé, el libro de Lobo Antunes. Espero que como buen psiquiatra, Lobo sepa perdonar esta esquizofrenia  mía por otro lado tan vulgar.
Cojo “El orden natural de las cosas” y me pongo a leer.




UN INTERMEDIO. UN CUENTO. UN SUEÑO.




Ofrendas en el río. Foto de S.M.



   --- ¡Naturalidad! ¡Esa es la consigna! ¡Que no se me noten las prisas y el poco tiempo que llevo en esto!

 Subo los escalones a buen paso. Sobre todo al principio. Los primeros peldaños eran azul añil, después fueron amarillos y ahora son rojo sangre  y todos están bastante torcidos y descascarillados. Qué raro. Ahora que caigo, también es bastante raro que esta escalera no se acabe nunca. Llevo horas subiendo y subiendo, y el final allí arriba no se vislumbra si quiera.

  Tras el enésimo recodo, aparece la puerta entreabierta en la fachada de una casa pintada de color rosa chicle. La casa parece tener más de mil años y está inclinada un poco a la derecha, como si el agua impetuosa del monzón se hubiera abierto paso hasta aquí arriba con el afán de embestir por la fuerza de sus olas las puertas mismas del cielo. Porque esto debe estar casi en el cielo. Un gran charco en el escalón parece corroborar mi tesis del monzón.

   Levanto la cabeza con dificultad a causa de mis maltrechas cervicales y el cartel, algo torcido, confirma que por fin he llegado al lugar que andaba buscando: “Oficina de empadronamiento”. De pronto estoy rodeada de decenas de personas y eso que he subido sola todo el tiempo. Uno con cara de despistado me clava el codo en los riñones, pero seguro que es sin querer. Hay gente vieja y muchos jóvenes, dos o tres perros, todos indios de pedigrí, con bellos saris ellas, con sus impolutas blusas blancas ellos, a algunos les brilla el cráneo recién rapado. También hay varios sadhus con taparrabos,  muchos colgados con rastas y pantalones bombacho, un par de alemanes de mediana edad con una abultada carpeta bajo el brazo: parece que estos traen todos los documentos en regla. ¡Madre mía! ¡Yo no traigo apenas nada! Solo unos papeles arrugados en el bolsillo y una guirnalda de flores espachurradas colgando del cuello.

 --- ¡El siguiente!

De pronto toda la gente se ha esfumado y parece que ya es  mi turno. Mi corazón  late a ritmo de metralleta. Empujo con dificultad la puerta azulada repitiendo para mis adentros la consigna: ¡Naturalidad! ¡Frente alta! ¡Andares sueltos! ¡Qué no se note que llevas poco tiempo en esto! Entro en la vetusta oficina con más miedo que vergüenza.

  --- ¡Maestro!

 No puedo evitar mi sorpresa. Detrás del mostrador, tras la mesa, Borges en persona atiende a los solicitantes medio oculto tras una vieja máquina de escribir en braille. Lleva una flor de caléndula naranja en el ojal de su americana gris oscura.

 --- Maestro, qué alegría, no esperaba encontrarlo aquí.

 ---¡Ja, ja, ja!Así es la vida… Así son las vidas. ¡Tuve que reengancharme, che!…Sus papeles, señora, si es tan amable. Si es en soporte digital, mucho mejor.

 Con cara compungida, meto mi mano en el bolsillo y saco unos cuantos folios muy doblados sobre sí mismos, que al desplegarlos, parecen el plano muy usado de una ciudad olvidada.

 --- Mmmm…papeles traigo pocos, la verdad. Pero los pocos que traigo son muy buenos. Están un poco arrugados, pero son buenos. Estoy escribiendo un poco sobre esto y…

 ---Sha, sha, sha. Como casi todos. Algo más. Estancias en Ashram, baños en el Ganges, ofrendas, sacrificios…

 ---Buenooo…ejem. Algunas pujas al atardecer... Este collar de flores para la diosa, tóquelo, tóquelo. El punto bermellón en la frente valdrá varios puntos ¿no?

El Ganges. Foto de S.M.
--- Créditos, señora. Se shaman créditos, se suman como puntos, pero no son puntos en realidad. La guirnalda está espachurrada, y si la sheva usted como collar, señora, eso resalta sin duda su belleza natural, pero ya no sirve para la diosa, como usted comprenderá.

 --- Claro, claro, lo comprendo. Pero el bindi…el bindi valdrá un montón de créditos.

 Paso mi dedo por la frente, pero no hay rastro del punto bermellón. ¡Lo borré con la toalla esta mañana tras la ducha!

 --- ¡He llevado el bindi todos estos días, se lo juro! Me lo habré quitado sin querer. ¿No me pueden hacer un análisis? Digo yo que  como está hecho con polvos de cinabrio, al estar compuesto por  minerales pesados, eso tiene que dejar un rastro en el cuerpo. En un análisis saldrían sin duda esos residuos de azufre y mercurio que…

 ---¡Vos querés pruebas de  su dopaje, señora! Eso aquí no es posible ¡Debemos estar limpios!…Sha me entiende.

 ---Por supuesto, por supuesto. Mmm…He llorado, señor Borges. Eso tiene que valer mogollón de créditos. Lloré la primera vez que vi el Ganges al fondo del callejón. También lloré en la barca. Y en la ceremonia de Aarti. Se me saltaron las lágrimas en…

--- ¡Shorar! Mi señora, Sho  shoro varias veces todos los días. ¡Quién no shora en esta bendita ciudad! Mire usted cómo están mis ojos de tanto shorar

  Contemplo con arrobo los ojos glaucos del viejo escritor y suspiro. De una vieja radio con forma de capilla que hay sobre una repisa, brota un tango en hindi que hace balancear la trompa de la auxiliar que teclea bajo la ventana. ¡Tiene cabeza de elefante! Pero su sari color violeta ciñe las curvas de una chica que no tendrá más de veinticinco años.

  Borges pasa los folios de mi escrito tanteando mucho los papeles, pero no se le ve muy convencido. Esto no tiene buena pinta. Parece que voy a sumar pocos créditos y que tendré que volver otro día. Y esto está tan lejos  y las escaleras son tan altas, y hace tanto calor, y tengo tan poco dinero para el viaje…Llego a saber antes que en esta oficina  trabajaba  él y me habría traído el ejemplar de Fervor de Buenos Aires que dejé en Sevilla sobre la mesa de noche para... ¡Ah! ¡El poema Benarés! Seguro que con esto consigo algún punto más.

--- ¡Quise prestarle  mis ojos, don Jorge Luis! Tras leer su poema, me emocioné.  Sentí compasión de su ceguera. Y escribí yo uno en el que le prestaba mis ojos para que a través de ellos contemplara el río, y el humo de las piras y los ghat, y las casas de la ciudad milenaria que se pierden en lo alto de las escaleras.

--- Pero era muy malo y…

---Sí. El poema era muy malo y lo partí. Pero lo escribí con el corazón en carne viva, se lo juro. Eso tiene que puntuar por fuerza.

---Sha, sha, sha…Uuummm… ¿Limosnas? ¿Sacrificios?

--- No, señor. Lo siento. Sería incapaz de tocarle un pelo a una cabra.

 ¡El collar de Durga! ¡¡¡Bien!!! Seguro que vale más de cien créditos. En él tengo la prueba de que aunque no haya hecho un sacrificio cruento en su honor, la Inaccesible me quiere, pues me regaló este collar con superpoderes, cuando estuve esa tarde de febrero en el templo Rojo. ¡Este collar prueba que soy la ahijada de Durga!

  --- Maestro, llevo puesto el collar de la diosa y no me lo pienso quitar. No he hecho sacrificios, ni he buceado en el Ganges, ni he comido con las manos. Pero creo que merezco que me dé el certificado. He llorado bastante, he montado un par de veces en barca, he metido mis pies en la madre Ganga. ¡Solo los pies, ya lo sé! También he montado en rickshaw, me he reído con el baño de los búfalos, he acariciado a algún perro santo, me he conmovido con los ritos de la gente en el río sagrado y con las exóticas pinturas de los santones. Deme el certificado de empadronamiento, señor Borges,  por favor. Mi alma se quedó aquí enganchada y no he conseguido llevármela entera de vuelta a Sevilla.

---Sha, sha, sha…Comprendo su interés, señora, pero los créditos son los créditos.

--- Desde que era muy jovencita, casi en el treinta a. B. soñaba con pisar este país, y en concreto esta ciudad. No he podido venir hasta ahora, pero desde la adolescencia, o antes, aún antes de flipar con  el citar de Ravi Shankar, mi deseo ya era…

 --- ¡Ja, ja, ja! ¡El treinta antes de Benarés! ¡Aquí hay gente esperando desde el trescientos! Ilustre dama, hay dos o tres peregrinos que shevan desde antes del tres mil intentando hacerse con el documento ¡y aún no lo consiguieron!

   --- Pe-pe-pero yo dispongo de poco tiempo, monseñor. La casa, las clases, los hijos…¡Estoy sin muchacha desde hace dos años! Además, reverendo, solo he hecho un viaje exprés, muy pocos  días, y para estar tanto tiempo, quiero decir tan poco, los logros han sido muchos. Llegué a pertenecer una parroquia  en Delhi y y y…¡Leí El Aleph con solo quince años y no me enteré de nada! Eso tiene mucho mérito y merece muchos puntos, excelencia, por favor ¡deme el certificado!

Un sadhu tiende su taparrabos en la orilla. Foto de S.M.
    --- Llámeme Borges a secas. Se lo ruego. Además vos sospechás que sho soy un boludo, que le puedo dar el certificado de empadronamiento por las buenas, no más, sin acreditar sus logros de manera imparcial, a voleo. Esto es muy serio, señora. Sho no soy más  que uno más aquí, sho no soy el que decido. Y por supuesto no improviso.

--- Claro, claro. No era mi intención dudar de la seriedad de este sistema, don Jorge Luis. Lo siento.

  El escritor parece realmente enfadado. Manosea mis papeles con cierta desgana, mirando al frente con el entrecejo fruncido. Tantea las arrugas de los pliegues por donde han sido doblados y tuerce el gesto en un rictus similar al asco. Creo que esto está más que perdido. La radio se arranca por Pink Floyd, y carga la atmósfera de la oficina con acordes narcóticos que me provocan un escalofrío. Mi mirada triste traspasa la ventana y se pierde en la quietud del río, que reverbera bajo la luz de poniente, allá a lo lejos. La secretaria con cabeza de elefante aparta un minuto las manos del teclado y todas sus pulseras bailan a la vez. Ajusta con sus largos dedos el piercing dorado que adorna la punta de su trompa, me sonríe y regresa a su trabajo sin dejar de sonreír, la punta marfileña de sus colmillos asomando de las comisuras de sus hermosos labios.

  "Naturalidad, frente alta, andares sueltos"… ¡Me rio yo de mis consignas! He vuelto a hablar de modo atropellado y  he interrumpido al maestro con mi voz de pito, he expuesto mis ideas con desorden…y me ha dado por vencida antes de tiempo. Eso por no hablar de mi lenguaje corporal: ese meneo de manos, mi mirada esquiva, mi porte inseguro…¡Uf! Seguro que regreso con las manos más vacías de lo que las traje.

Un barquero. Foto de S.M.
 --- Revisemos el cómputo. Mmmm… Se ha dado usted cuenta, señora mía, de que las balanzas que pesan la madera para las piras, son verdes ¡el sublime color de la esperanza! ¡Y ha captado el carácter místico de los barqueros! Pese a que hay entre eshos algunos diletantes, la mashoría ha hecho sus prácticas en el Leteo y constituyen un gremio ilustre del que nos sentimos muy orgushosos.

--- Si, señor. Me di cuenta de eso al primer vistazo.

--- Y luego…aquí. Sí. Son muy pocos los que adivinan la peculiaridad de los perros de la India. ¡Por supuesto! Eshos están al final del camino, en el último tramo del samsara, la rueda de las reencarnaciones. ¡Eshos no son un paso menos sino un paso adelante! ¡Excelente!  Esto me suena a budismo inverso. ¿Acaso sós devota de esa religión?

---Algo hay, algo hay, ja, ja, ja, ja. Qué agudo es usted señor Borges.

--- Y también está la mirada…Esa mirada…

---¿La mirada? ¿Tan extraña le parece? ¿Lo dice usted porque soy muy miope? ¿Porque aun no me he  hecho las  gafas progresivas?

---Veo en su mirada oscura una determinación…un poco ambigua en algún momento, sí, pero es la determinación fatal de aqueshos que desean a toda costa quedarse aquí un poco más, a pesar de los monzones, y de la suciedad del río, y del tráfico atropeshado…¡Esa mirada vale doscientos créditos! Bien…Pero lo que más  puntúa sin duda son sus rodishas.

--- ¿Mis rodillas?

--- Sí. Sus rodishas, señora. Se ve a la legua que las tiene bien averiadas. Y hay que estar muy convencido de querer empadronar el  alma en Benarés con tantísimos jodidos escalones como hay aquí y lo que nos duelen las rodishas al subirlos a los reumáticos…

   --- ¿Pero usted ve? ¿No era usted ciego, señor Borges?

   ---Ja, ja, ja, ja… ¿Ciego yo?       



Nuestras lamparitas. Foto de S.M.



viernes, 23 de noviembre de 2012

EL AÑO DEL CONEJO


Retrato de Lou Reed. El que me guiñaba. 

Bajo la atenta mirada de azogue de Lou Reed, arrastro un poco la vetusta silla haciéndome un hueco entre los colegas que ya están alrededor de la mesa. Loren el nihilista, envuelto en su aura entre despistada y descreída, se pide el segundo gin tonic. Es el único que puede permitírselo. ¡Y fumar winston! Los demás estiramos la cerveza hasta que la espuma pinta un velo transparente en el opaco vaso. Y fumamos de lo barato cuando fumamos.
---Tíos ¿Habéis visto al Negro?
---Pasó hace un rato por aquí. Se ha ido con la gente de San Roque no sé dónde.
---Venga, hasta luego, coleguita.
Me estoy volviendo a morder las uñas. Había conseguido con bastante esfuerzo en un par de semanas unas extrañas manos de señorita, distantes, ajenas a mí. Hoy, golosa, por fin me he dado un buen banquete y he vuelto a colocar la vieja gomilla enroscada en el dedo anular. Estoy estos días un poco nerviosa: ya pronto se acaba el verano y a finales de septiembre me voy a Sevilla a estudiar. Filosofía. A estudiar filosofía: debo estar un poco majara.
 El cantante de Supertramp chilla de modo ilógico su lógica canción poniendo  los altavoces del equipo al borde de la explosión.
---Pepe, tío ¿puedes poner más flojita la música?
Mirada gélida. Dos eternos segundos más tarde, sonrisa extralarga.
---Claro que sí, menuilla. A ti no te puedo negar nada.
Esta tarde he vuelto a ver sola la puesta de sol desde el muelle. Violeta, naranja y una pizca de verde tintando el cielo tras los montes del otro lado de la bahía.
1- Unos pescadores apaleaban pulpos en los escalones que bajan al mar. 
2- Un niño echaba torpemente la caña ante la atenta mirada de su padre.
3- Unos viejos en bicicleta pedaleaban su sabiduría.
4- El viento de poniente  jugaba con mi falda india.
5- Que quede claro. Es mi Iglesia y yo vengo aquí a rezar.
6- “¡Niñaaa! ¡Arrímate que te voy a poner de carná pa los peces!”
¡Qué lejos está el mar de Sevilla! Quizás es lo que más me apena de esta marcha: la distancia que pongo entre nosotros. Él va a continuar indiferente, rompiendo sus blancas olas sucias en la arena sin mí, pero yo... A veces pienso que me va a ser difícil respirar allí, que enfermaré porque el aire no va a encontrar el camino a mis pulmones.  Sé que eso no tiene ninguna lógica y niego con la cabeza para espantar esta idea estúpida que me obsesiona. Pido un ducados a cualquiera.  
---Dame fuego, Carlos, anda.
---Toma. Me voy a pedir una cerveza ¿quieres otra?
 Hago un gesto vago con los  hombros. Mi hermana aparece con Juan y se sienta enfrente de mí, sonriente. Juan me hace cosquillas en la coronilla y va a la barra a por dos botellines de cruzcampo. Alto, muy delgado y con la barba afilada: un quijote de fines del siglo veinte. Mi hermana me mira  con sus dulces ojos que adoro, diáfana. Mi mirada en cambio la siento con un no sé qué turbio, algo que en el fondo mimo con esmero.
En la mesa del bar, junto a la ventana, se está de maravilla pero no queda más remedio que hacer de relaciones públicas todo el rato.
---Qué pasa…
---¿No habéis visto al Diego?
---¿El de La Colonia?
--- No. El de las gafas.
---Qué va, tío. Por aquí no ha pasao.
---¿Y al Jorge?
---Ese se ha ido con su basca hace  un rato largo.
---¿Al Génesis?
---Pues lo mismo. Venga…
Sin mirar para acá, arrobada, pasa por la acera de enfrente Inma muy agarrada de la cintura de Manolo, como si se le fuera la vida en ello. Y es que se le va la vida en ello: Amor, lo llaman. Desde que ha vuelto con él, no hay manera de pillarla un ratito ni para el paseo más pequeño, ni para la canción más corta. La añoro un poco, aunque yo me encuentro la mar de bien con esta gente, no pido más. Y a mí ellos tampoco me piden más.
Esta noche no pasa gran cosa: charlamos a gritos, apuramos la bebida, estrenamos la vida cada minuto. Pero el sábado pasado sí que fue de puta madre: ¡bautizamos al perro de Loren!  Felipe y yo,  los padrinos: cada uno con un canuto en la mano haciendo las veces de cirio. Loren sostenía con esfuerzo al enorme cachorro de bobtail, que se quería zafar de sus brazos, mientras fingía llorar, emocionado. Como Miliki cuando toca ese saxo pequeñito.
Juan, ya alto de por sí, se alzó aún más al ponerse una especie de mitra en la cabeza hecha con una toalla de playa y casi rozaba el techo del apartamento del Puente. Y como un obispo pagano, echó un poco de champán en la peluda cabeza del perro, mientras pronunciaba reverente el nuevo nombre con el que sería llamado por su dueño a partir de ese momento. Aplausos, risas, más bebida. Y fin de fiesta con la Orquesta Mondragón invitándonos a viajar por todo el orbe.
Pepe ha vuelto a subir el volumen de la música. Entra un montón de gente desconocida montando una bulla enorme, aunque nosotros alrededor de nuestra mesa seguimos con nuestra liturgia. No cabe ni una sombra más en el bar en este momento. Un chico  agitanado cruza su oscura mirada con la mía al pasar al fondo. Me gusta.
---Niña ¿has visto a mi prima?
---Que va, tía. Y yo ya llevo aquí un buen rato.
---Quedó conmigo en la puerta y yo llego tarde. Se me ha perdido el reloj.
---¡Joé! Oye, qué mono ese pañuelo azul que llevas. ¿De dónde es?
---De la tienda esa que han puesto nueva en la calle Jardines.
---Mmm…Venga, hasta luego. Que encuentres tu reloj.
Olga, con su aire mediterráneo a lo María del Mar Bonet, severa, regaña a no sé quién porque le ha dado un fuerte pisotón. Kico, ensimismado, se mesa la barba. La hermana de Felipe entra en el bar con su novio de siempre abriéndose paso con dificultad y saludando a todo el mundo sin voz, muy sonriente. Carlos, a mi lado, no ha parado en toda la noche de hablar de Cortázar. Creo tener la clave que explica por qué su cabeza va a más revoluciones que la del resto de nosotros: es por tanto escuchar a María Jesús y  sus Pajaritos en la farmacia donde trabaja, en la plaza, enfrente del puesto de música. Pobre chaval.
El último año del conejo.
Humo y ruido en abundancia: alguien propone que nos vayamos al Alcoba. Felipe protesta la propuesta, como siempre. Los demás arrastramos las viejas sillas, cogemos nuestros bolsos, pagamos, nos besuqueamos con cualquiera, nos dirigimos a la calle para estirar un ratito más  la charla en un lugar más tranquilo. ¡Hombre! ¡Ahora que nos vamos va el Pepe y se anima a poner a Triana!

                         En la calle huele a hachis y a cerveza marchita.



Lou Reed me guiña un ojo cuando paso bajo el espejo.

Todavía no existe el metalenguaje ni el ciberespacio.


                                                 Todo está a punto de empezar.


                                                            ¡Feliz año del conejo!








CONTRASEÑA

Caminito del peñón en tiempos de los espías.


El santo y seña acordado tras una agria discusión acabó siendo "Gibraltar". Ella se opuso en principio por temor a lo obvio. Él argumentó que lo obvio era el mejor parapeto tras el que camuflarse en el momento actual.  

  —¿Me llamas vulgar?  


Él apagó el cigarrillo con furia innecesaria, zanjando el tema.


—El coche estará aparcado donde siempre. A las nueve cruzareis la aduana, y no más allá de las nueve y media entrarás sin compañía en el hall del Holiday. Allí, alguien que saldrá de la recepción oficial en la embajada te dirá Gibraltar no más tarde de las diez. Le entregarás el abanico con el documento dentro.


—¿Y vuelta a casa sin tomarme ni una copa?


—Y vuelta a casa como las niñas buenas. A las once en la cama.


Él no sabe el nombre verdadero de esa mujer morena que se arriesga una noche más. Ella desconoce quién es en realidad el último cómplice que le han adjudicado en la Venta Miraflores.  


Gibraltar se oculta tras la niebla. Empieza a llover suavito ese agua que aquí llaman calabobos.





sábado, 8 de septiembre de 2012

AQUAGYM



 Para que nos entendamos: esto que me está pasando  los lunes, miércoles y viernes de once menos cuarto a once y media en este mes de julio está siendo algo así como la versión algo cutre de un sueño californiano.

Agua  turquesa insultante. Césped  verde arrebatador. Cielo celeste doloroso. Y un montón de mujeres  entre las que me encuentro, en la piscina del club, dando escasos saltitos de jogging acuático, braceando hasta formar un torpe tsunami, peleando con el churro cilíndrico lo justo para no ahogarnos a ritmo de reggaetón.


Unooo, dooss, treess, y cuatrooo y cincooo y seis y siete y vuelta al uno, y vuelta al siete, y ahora con el otro brazo, y la otra pierna, y el ombligo (que más de una nunca se encuentra) al centro, y abriendo el pecho y arrastrando el agua y golpe de boxeo al maxilar del contrario y meneillo brasileño. Y la monitora dale que te pego  sin tregua mientras alguna que otra de mis compañeras se empeña en marearme,  a mi que ya de por mí estoy confusa, parloteando a todo volumen de sus nietos o de la casa de la playa, demasiado perfumada para tan temprana hora y tan aeróbica actividad.

¿Qué hago yo aquí, entre ellas, braceando y tragando agua como una más? ¿Qué pasa por mi cabeza cuando hacemos el cruzaito  chikilicuatre a la vez que un tipo bronco recita fuerte en el radiocedé aquello de Morena, no te hagas la loca, y déjame  tu boca bessarrr, arropado por una percusión imposible de metabolizar? Busco un animal o animala con el que identificarme, ya sea real o mitológico, tanto da. De sirena mejor ni hablamos. No llego ni a la punta de su cola. Mucho  menos una dragona  verde  y tetrabióica: cómoda en el agua, poderosa en la  tierra, feliz en el aire, en su salsa arrojando afuera el fuego de su cuerpo. No, tampoco una dragona, qué más quisiera yo. Ni siquiera un cetáceo  pequeñito, un risueño delfín de esos que siguen, jugando, la estela de los barcos.


Cardumen revoltoso.

 A ver, a ver…a veces me asemejo a una tortuga, bella pero con  la espalda algo cargada que estira el cuello unos centímetros abriendo los dedos sin pretensión de atacar. A veces soy un calamar gigante corto de talla, ondulante, moviendo sus piececillos con cierta gracia. A veces solo una sardina de plata despistada de su cardumen  minutos antes de ser pescada, y espetada. Otras soy una divorciada, exfumadora y bien teñida, de esas que se bañan con anillos y turbante.

Así, debatiéndome con la identificación animalística y batiéndome con el agua, paso algunas mañanas de este mes de julio, rodeada de mis compañeras, en esta versión algo cutre de un sueño californiano.

LA REINA DE ÁFRICA


Dios lo ve todo, está en todas partes, lo sabe todo. Sabe cuántas gotas se escapan de esa ola, cuántas gotas suman las de todas las olas juntas de todos los mares juntos. Conoce el número exacto de granos de arena que hay en esta playa.

Cartel del la peli de J.Huston.

Este agobiante pensamiento acerca de la omnipotencia divina ocupó algunas (muchas) horas de mi lejana y escrupulosa infancia. Hoy, gracias a dios, ya nada de eso me preocupa. Y aún menos a Dios, el pobre, que de seguro tiene la agenda divina demasiado apretada como para entretenerse en estas minucias.

Pensar, lo que se dice pensar, ahora la verdad es que pienso poco. Sin querer medirme con dios, mi agenda está tan ocupada que no me queda tiempo para pensar. Solo pienso un poco por las noches, cuando me desvelo. Esta noche, sin ir más lejos he estado pensando mucho. Me la he pasado casi íntegra maquinando fórmulas para liberar al pájaro que se ha quedado encerrado en la sala multiuso.

Como a las dos y media pensé que lo mejor sería cavar un túnel desde el hostal de Lola hasta la sala y una vez allí, atraer con lombrices al pajarito para que escapara por esa cavidad. Pero la descarté porque no me gusta molestar a las lombrices y también porque me corté a fondo las uñas antes de venir a Bolonia, así que no puedo cavar. A las tres y cuarto pensé en hacerme pasar por una gamberra adolescente y tirar muchas piedras a las ventanas de sala para que el gorrión pudiera escapar por ahí, por entre los cristales rotos. Pero este plan lo descarté muy pronto por pasarse de patético. Quizás la mejor opción la pensé a eso de las cuatro y veinte de la madrugada: hacer un gran boquete en la pared en plan alunizaje tras estamparme en ella con un coche cualquiera de alguna de mis compañeras. Como no sé conducir la hostia iba a ser tan grande y el boquete tan espectacular que el pajarillo lo iba a tener muy fácil para escapar por ahí. Pero no, tampoco. Aunque reconozco que no es mal plan, no quiero que me cueste la amistad de mis compis de chikung, así que también lo he descartado. Levantar la moderna uralita del techo haciendo palanca se me vino a la cabeza casi hacia las seis, pero a las seis y cinco tampoco me servía.

Así que pensando y pensando cómo liberar al pájaro oí el primer canto del gallo y supe que justo ahí se acababa mi faceta pensadora, que apenas si había dormido y que me tenía que levantar ya para la primera meditación.

Llegué la primera a la sala multiuso, a eso de las ocho menos cuarto, y allí seguía el gorrión. Aterrado por el chirrido de la puerta, en cuanto entré se puso a volar de un lado a otro de la sala cuan larga es, haciendo acrobacias histéricas.

Yo, agobiada en parte por el insomnio que ya me estaba pesando y en parte por el sinvivir contagioso del animal, sin saber qué hacer para ayudarle, opté por tumbarme en mi manta tras enroscarme y creo que me dormí.

Cuando desperté, si es que aquella birria había llegado a ser sueño, mis compañeras aún no habían llegado y el gorrión ya no estaba allí. Se ve que durante mi breve desconexión había dado con la sencilla fórmula de salir por la puerta, sin necesidad de butrones ni alunizajes raros.

Pero de repente oí un ruido fuerte y extraño, y sin desenroscar ni nada me incorporé rauda y salí afuera justo en el momento exacto para contemplar el prodigio. El pequeño gorrión excautivo estaba siendo devorado por una espesa nubecilla de la que brotaban chispas de mil colores, mientras el ambiente se poblaba de ráfagas de incienso de iglesia.

Estoy acostumbrada a que en Bolonia ocurran cosas maravillosas, pero aquello sobrepasaba todos los límites. Con los ojos como platos contemplé cómo la nube de chispas tomaba forma humana y se transformaba en un hermoso caballero de color. El gorrión, que no la rana, era en realidad un príncipe encantado. Un negrazo de metro noventa de musculatura perfecta. Músculos del color del chocolate con un 85% de cacao.

“¡Virgen Santa!” exclamó alguien con mi voz ya que yo me había quedado sin palabras.

El príncipe, sonriéndome con sus gruesos labios del color de la mora madura, se acercó a mí despacio, con andares de pantera macho, cubierto solo por las rayas blancas y negras de un taparrabos de piel de cebra. Llevaba en la mano morena un magnífico y flexible cetro de bambú con el que tocó  un par de salamanquesas que sesteaban pegadas a la pared de la asociación de vecinos. Y las convirtió en  un par de hermosas yeguas blancas. Después posó con suavidad su cetro sobre un montón de chinillos del suelo, y estos, por el toque de su vara mágica, pasaron de guijarros a ser monedas de oro y plata que de inmediato ocuparon las alforjas taraceadas de las yeguas. Aún olía a incienso en el ambiente cuando transformó dos cochambrosas plumas viejas de gaviota que había por ahí tiradas en sendas coronas de plumas rosadas de avestruz que colocó en nuestras cabezas sin demasiada ceremonia mientras me decía mirándome a los ojos “tú serás mi reina”.

Con la mandíbula colgando vi cómo se giraba un poco y se situaba frente al escarabajo cornudo que ayer rascaba el aire panza arriba (y al que ayudé a darse la vuelta varias veces) Este se convirtió por la virtud de su bambú mágico en un rinoceronte gigante, una mole pétrea del color del bronce oscuro, al que cubría una montura de cuero repujado y estribos de oro puro.
El Estrecho un día despejado.

Aún boquiabierta me encalomé con la ayuda de mi príncipe en el lomo del espectacular rinoceronte, y sin tener tiempo de coger ni un klinex, coronada de plumas, partí con mi él y su séquito a la siempreverde Tongolongo, al sur del sur. Más allá de la miseria, la malnutrición y el sida. Al sur del sur de África, donde no llegan las sucias petroleras, ni las multinacionales del titanio, ni se trafica con diamantes que huelen a sudor esclavo.

De golpe a porrazo me había convertido en la reina de África ¡Y mis compañeras sin saberlo! ¡Menuda sorpresa se iban a llevar cuando no dieran conmigo dentro de un rato, justo al untar ajo en la tostada de pan macho del Bellavista!

-- Dos billones de trillones aproximadamente. Más cuatrocientos treinta y ocho que te llevas en los zapatos.
-- ¿Qué?
-- Que ese es el número de granos de arena que tiene esta playa. ¿No querías saberlo?

Pero la verdad es que ya todo eso me importaba un pimiento.
Iba a ser cierto lo que decía Lluis Llach, y antes que el Constantino Kavafis. Y aún muchísimo antes el mismísimo Homero en persona. ¡Ítaca (Bolonia) me iba a regalar un hermoso viaje!










PENÉLOPE

Penélope hojea  la revista que le dieron en la agencia de viajes  buscando un paisaje que le inspire.

Los fiordos noruegos prometen una gama de azules muy limpios; la arena de una remota playa cubana esconde espejismos de oro; el espesor de los bosques de Thailandia, más verdes de los que es capaz de captar un ojo humano menos experimentado que el suyo.  No se decide. Todos los lugares son Itaca igualmente para ella. Al final elige una antigua kasba de Marruecos cubierta por la carpa de un cielo azul rabioso, tierra ocre sobre manchas de un oasis escaso.

Penélope no va de viaje, vive de viaje.

Kasba marroquí.
Saca del armario su caja de acuarelas, papel  apaisado y  llena un vaso transparente con agua. Bajo la ventana, en el comedor, acaricia  sus pinceles, y poco a poco, el rojo de la india, el azul ultramar, el cálido siena y el velo del agua, cumplen su papel alquímico y van tintando  el blanco del papel con la imagen poderosa  de la fortaleza del desierto  que su mano mágica transforma en sutil.

Penélope espera. Entretiene su espera pintando, despintando y volviendo a pintar. Pero no es a Ulises a quien desea ver. Ella espera a Argos.

Está impaciente porque entre en su vida y ocupe ese espacio que desde siempre le ha tenido reservado.  Sabe que el camino que va a recorrer con él va a estar cuajado de experiencias que no tiene prisa por vivir, que piensa paladear intensamente. Ha vivido bastante como para haber conocido a varios cíclopes y otros cuantos lotófagos, ha estado en varias guerras de Troya y ha pasado tan cerca de las islas de las sirenas como para haberse estremecido con sus cantos.

Ahora, ya jubilada, entre los paseos, la cocina y  la pintura, también  toca oír cómo los ladridos de Argos toman posesión de su casa.




“Si vas a emprender el viaje hacia Itaca/ pide que tu camino sea largo/rico en experiencias, en conocimiento……Ten siempre a Itaca en la memoria. /Llegar allí es tu meta. Mas no apresures el viaje. /Mejor que se extienda largos años;/ y en tu vejez arribes a la isla/con cuanto hayas ganado en el camino,/sin esperar que Itaca te enriquezca./…Itaca te regaló un hermoso viaje…”

BOLONIA

             

          Pipipi-piiiii...  “Maroc Telecom welcomes you to Morocco. For any inquiries, please dial 444 the IAM Roaming Cal Center”. Pipipipi -piiiiiii... “Vodafone-Es. Roaming info: Realiza y recibe llamadas de España por solo 1,65 min. Más 1,17 .de establecimiento, blablablá blabablá”.

Acabo de llegar y ellos ya se disputan mis despojos. Me siento como un pequeño conejo acechado por dos oscuros perros de presa. Es el único momento aquí en el que me voy a sentir cosificada. Con solo moverme un metro de este lugar desde donde miro el mar, las avispadas ondas marroquíes toman posesión de mi móvil y si me descuido,  hago llamadas  desde el extranjero a precio de oro. Pero por lo menos ahora la compañía de telecomunicaciones marroquí se llama  IAM. Más inquietante era cuando su nombre era MORTEN.


Nuevamente estoy en Bolonia. Regreso a casa.

El fin de semana se anuncia prometedor. Viento suave de poniente, fresco por fin después  de este violento y tórrido verano, y algunas nubes rodeándonos. El grupo, reducido y muy familiar. Todas con ganas de vernos de nuevo: sonrisas y abrazos. Alguna presentación, dolorosas ausencias, reencuentros.
No siempre es así. A veces los grupos son muy numerosos y por ese motivo, dispersos, díscolos o aún más divertidos. Con frecuencia el viento de levante o el de poniente, es demasiado potente y nos pincha y nos zarandea. Pero nunca puede con nosotras. Nuestras raíces se anclan a la tierra, a la arena, desafiando su poder. Es nuestro aliado, solo nos pone a prueba.



 Viento purificador.  Viento omnipresente. Viento poderoso.

Acabando septiembre, nos hemos reunido para hacer chi kung en la playa como otras veces. A estrenar el otoño por todo lo alto. A quitarnos las legañas de los huesos.
Yo, animista por antonomasia, estoy aquí en la gloria. 

Las gallinas picotean el árido suelo en busca de no se sabe qué perla mientras el gallo se pavonea entre ellas presumiendo de  sus nuevas plumas azuladas. Las olas rompen su blanco en la orilla y en la distancia  cruza el mar un velero dibujado por un niño. Perros de los más variados tamaños, libérrimos, en comandita, hacen vida social en la playa, a años luz de los esclavos  perros de ciudad cuando  sacan a pasear a sus abrumados amos. Más de diez  burros grises duermen plácidamente entre las barcas. 


Los pescadores, echan sus cañas al mar.


La duna, a lo lejos, dorada como un tesoro, está muy rara este otoño. Se ha plegado en dunitas redondas, extendidas como un paño arrugado.

Duna ondulante.

La hemos conocido siamesa de la gran pirámide egipcia, partida en dos o desviada ligeramente a la derecha. Los temporales del pasado invierno y su voluntad poderosa de ser siempre distinta siendo la misma, la han vuelto a diseñar de otra manera. Siempre es una sorpresa la forma que tendrá este año la gran duna cuando doblas la curva en el coche y te encuentras Bolonia a lo lejos, ya tan cerca, tan prometedora. Si tienes la suerte de venir en el coche de Inmaculada, esa visión va acompañada por  la banda sonora de Violeta Parra cantando Alfonsina y el mar.Cantamos a coro mientras Bolonia toma posesión de nosotras. Es casi  un conjuro. Si no vas en ese coche, cantas para tus adentros igualmente.
Ya nunca puedo oír esa canción sin ver la duna brillando entre los pinos y los acantilados de la ensenada de Baelo Claudia.    

Bolonia para mí es tan terráquea, que está hecha del material de los deseos y los sueños. Contradictorio, si, lo sé, pero así soy yo.
Mi espíritu, mi alma,  es de arena, de viento, de hinojo de mar. Verde, azul, oro, verde de nuevo.
           
Bolonia tiene todo lo que me gusta, todo lo que deseo: belleza hiriente, hermosos animales libres, soledad a raudales, inmejorable compañía.

Madera, fuego, tierra, metal, agua. Agua, cielo, tierra, aire. Muchas veces demasiado aire.  Y paseos por la orilla mientras la arena pincha mis tobillos, horizonte amado, hermosos peces a los que no veo jugando entre las corrientes del  Estrecho con los delfines y las orcas. Yo nací ahí mismo, a la vuelta de la esquina. Ya os dije que aquí me encuentro como en casa.     


   
  El decumanus de Baelo, la gran calle que cruza la ciudad de este a oeste tenía  dos puertas. La del Este es la de Carteia, y la del Oeste, la de Gades.  Mi corazón también se rompe a veces entre Carteia y Gades, mi Carteya de la infancia, mi querido Cádiz y sus alrededores,  donde guardo tantos tesoros.  

El  decumanus, es el camino que me lleva al Paraíso.
 Hecho de de grandes trozos de piedra gris de Tarifa, es ancho y largo y me imagino que profundo, como un sueño. Se conserva perfectamente en casi todo su recorrido, ¡prodigio!  y se puede caminar plácidamente por él después de los siglos como lo hicieron nuestros tatatarabuelos medio romanos con sus sandalias trenzadas. O descalzos. Como yo quiero hacerlo la próxima vez que lo pise: descalza, sintiendo su calor gris y las irregularidades de sus piedras.
Este camino fue fondo de pantalla de mi móvil durante mucho tiempo. Lo cambié por la estatua de Trajano en el foro porque la foto era algo más clara y distinguía mejor la hora.  Pero lo añoro.

Bolonia en mi móvil, Bolonia en mi cabeza y mi corazón, en mis huesos doloridos, Bolonia en mi mesita de noche. La bella foto de la ensenada dorada al atardecer que hizo Celia hace años, duerme junto a mí cada noche. Bolonia es  lo último que veo antes de apagar mi lámpara de cristal blanco.
    


Piedra, río, arena, distancia. Camino. Tao.


 La grulla extiende sus alas. (Vuelo, te veo desde arriba.  No es un sueño aunque lo sueñe)


Antes hice hijo de un prodigio al casi intacto decumanus. Pero no es milagroso del todo el que se encuentre en tan magnífico estado.  Debemos dar las gracias a un terrible maremoto ocurrido más o menos a fines del siglo II de nuestra era. Maremoto bendito, oxímoron perfecto. La gran ola destruye Baelo. A duras penas sobrevive  unos siglos más, ya sin esplendor, ni termas, ni foro. Solo unos pocos y pobres pescadores en cabañas, entre las piedras desbaratadas.
Después la nada, el silencio, la arena cubriendo lenta y tenazmente lo que definitivamente no son ya más que ruinas.


Todo este plan trazado para mí.
Para que yo pise mañana, descalza,  su suelo gris. Para que yo pasee una tarde lluviosa  junto a las pilas delgarum. Para que yo vea el mar a través de la pequeña y desafiante ventana que queda en esa única pared. ¡Soy una chica con suerte!

Gracias ola, gracias sal, gracias duna que todo lo cubre. 

Pues sí. La duna, tenaz, todo lo cubre. Año tras año engulle pinos como yo como aceitunas. Pobres pinos, cuánto me compadezco de ellos cuando la arena ya les llega a la cintura. Mis hermanos los pinos devorados por la diosa.
A veces, como ha ocurrido este año, la vieja duna desentierra de entre los pliegues de  su nuevo ropaje, calcinados esqueletos de árboles ocultos durante mucho tiempo. Como espinas del fósil de un viejo cetáceo, surgen negros, llenos de aristas, lo que en otro tiempo fueron hermosos y fragantes pinos de un verde sobrenatural. 

Pero las diosas son caprichosas, es bien sabido por todos, y nos reclaman sus ofrendas también a los humanos. Sobre todo a los humanos. Yo, que no soy un pino pero que los abrazo de vez en cuando, también he pagado mi tributo a la arena de esta playa. En ella perdí el único reloj que me ha gustado en mi vida. Era negro, rectangular y sobrio. Me lo regaló Santi por reyes hace mucho. Ahora tengo dos que quieren recordarlo: uno rectangular y otro negro entero, pero ninguno es perfecto como aquel,  un trozo de cuero pulido en mi minúscula muñeca, que además me orientaba perfectamente acerca del tiempo que perdía. 


También se me cobró otra ofrenda que me dolió más, la muy puñetera. Mi hija, muy pequeña por aquel entonces, me había hecho en clase una pulsera para el día de la madre. Moldeó cada cuenta con sus deditos y  pintó cada una de un color pastel y en cada una hizo un ininteligible y pequeño dibujo diferente y encima puso la costrilla de sus dedos sucios barnizándolo todo. Yo adoraba esa pulsera, me la llevé ese año a Bolonia para en la distancia tener más cerca a mí dulce Ana, pero la duna me la robó. O sin saberlo yo se la di.

A pesar de todo, me consuela el haber pagado ya parte de mi tributo, no sea que, insaciable como buena diosa, me pida aún más. Como a la bella Alfonsina.

               

Ofrenda, árbol, fósil.  Espina. Tierra.

Cuerpo de jade. (Pájaros bailando)

La gran montaña de arena avanza hacia el interior despacio como un gigante anciano. Al abrigo de los montes perfumados, grano a grano, la arena se posa sobre la arena  con la  alianza de los vientos de levante,  que siempre le traen  más y más material para envanecerse.
Arropada por la sierra de la Plata al oeste, la de la Higuera y por la de San Bartolomé a la derecha (el Bartolo, pa los amigos) la duna crece y anda y algún día llegará a Sevilla. Y allí yo desenterraré la pulsera ya vieja, llena toda de lapas y pequeñas estrellas de mar, de agujas secas de pino y olorosa  resina de piña y se la dejaré en herencia a la hija de mi hija. El gran tesoro de su alocada abuela.

 Será mi venganza, una pequeña burla que yo le haga a esta gran dama vanidosa, abrigada en realidad no por cálidos montes, sino por  el lomo de un dragón. ¡Un verdadero dragón!  Así que es normal que nadie le tosa.
 El dragón, que existe,  según se mire puede tener dos cabezas o cabeza a un lado y cola al otro, como corresponde a todo dragón que se precie. Hay quien le ve perfectamente las dos cabezas y hasta el humillo que se escapa de sus dobles fauces. Hay quien solo le ve una, y el encrespado lomo cubierto de árboles y arbustos y peñascos y una colita pequeña que se hunde en el mar. Con voluntad, y pese a que se oculta, no es difícil verlo. Hay incluso quien ha conseguido fotografiarlo. 


 El dragón, que existe,  dota sin duda a este lugar de un punto mágico, una energía telúrica superior. Verlo, se le puede ver sin mayor dificultad;  pero sentir esa energía, oír los latidos de su corazón,  no está al alcance de cualquiera: sólo lo consigues si eres otro saurio, un chamán con pedigrí o un  ser un punto eléctrico. O una gallina autóctona. 




El dragón en realidad, o en una de sus realidades, no es ni más ni menos que un reptil nativo del lugar: el lagarto ocelado. Un lagarto grande, precioso, térreo aunque una pizca divino. Los machos son verde esmeralda moteados por  grandes manchas azules,  y las hembras, pobres, son solo pardas. Era un macho, un hermoso macho aquel que vimos soleándose sobre una piedra milenaria y mirando arrobado su perfil en un charco aquella tarde tras el chaparrón, mientras paseábamos como patricias por las solitarias calles de la ciudad romana.

No obstante  aquí, en otro tiempo ya muy lejano,  parece que hubo uno de  cien cabezas según cuenta  la leyenda. Era el dragón del rey Gerión, y  vivió por estos lares hace miles de años cuidando  el famoso ganado de vacas color caoba del rey. O tal vez  vigilando las doradas manzanas de las cantarinas Hespérides, que no lo se muy bien. Las Hespérides eran diosas que cuidaban del mágico jardín que lleva su  nombre. Magas,  tenían voces que encantaban al personal y también eran capaces de cambiar de forma, enloqueciendo a los que las veían. Pécoras engañosas al fin y al cabo.



 Así que ahora toca hablar de vacas y de Hespérides. No sé  por cuales  empezar ¡todas me gustan! 


 ¿En Tartessos? ¿Dónde estaba ese mítico jardín? Pues  al occidente de occidente. Sin más explicaciones. El occidente de occidente, digo yo que puede ser mi adorado sur de Portugal, las hermosas playas de Doñana  o la mismísima Bolonia. Y hay sesudas tesis que defienden esta última postura que también es la mía. Además, las Hespérides, que cuidaban de unas manzanas que daban la inmortalidad y eran de oro, también eran llamadas “Hijas del atardecer” y “Diosas del ocaso”. Y yo he visto alguna vez por aquí ( o me han contado, o lo he soñado )  a  un grupo de mujeres haciendo un gran corro junto  a la orilla, metamorfoseadas  en golondrinas, monos o serpientes, bellas como diosas, mientras el sol se ocultaba tras el acantilado tiñendo el cielo de  malva y vetas de un amarillo impactante. Si, bellas como diosas. Aunque desaliñadas como mendigas, con los pantalones arañados por los espinos  y pañuelos de colores bailando al viendo como  harapos. O como alas.


En cuanto a las vacas, decididamente son mis preferidas, perdonadme.  Las vacas sagradas del jardín de las Hespérides, las vacas  de raza retinta, las rojas, las de esta parte seca y salobre de la península, las mismas que vino a robar Hércules cuando recaló por la zona para completar su mitológica tarea. Las vacas que nos miran indiferentes cuando caminamos por la orilla y  que lamen las piedras y la espuma de las olas para sacar de ellas su ración de sal. Me gustan estas vacas. Las admiro. Y aún diría más: yo quiero ser una de ellas. Una de estas recias vacas mansas, imponentes, que duermen en la arena,  refrescan sus pezuñas en aguas del Atlántico  y espantan las moscas con las gotas que escapan de su rabo húmedo, mientras pasa una a su lado con tonta precaución, con su saco de problemas a cuestas siempre aunque esté en la playa de Bolonia, envidiando su pasotismo, su dolce far niente. Su Nirvana.


Orilla, Iberia, manzana. Nirvana. Magia.

Brocado de seda. (Tenso mi arco, disparo la flecha al horizonte y contemplo, serena, cómo ésta se hunde en el mar)

¡Cuánto de mi vida ligado a este trozo privilegiado de la tierra ibérica! Cuántas historias, cuánto mito y cuánta realidad.
En Bolonia también hago cosas más extrañas que el chi kung. Por ejemplo, practico el canibalismo. El canibalismo fraterno. Me como a mis hermanos. A la vaca retinta, cuya carne es excelente y tierna como su mirada. Al atún rojo, rey indiscutible de estas frías aguas. Al pez limón que una noche trajo extenuado un pescador, recién raptado del mar, gigante, un titán plateado que pesaba exactamente lo mismo que yo por aquel entonces. Mi hermano, mi gemelo, mi alter ego. Lo como, y me apodero de  su alma. Ya soy más ellos,  ya ellos son más yo.
Y como y bebo las peras de agua y el melón y  el tomate color sangre, todos nativos de  esta dura tierra que nos sostiene. Y el pan macho de Tarifa con aceite de oliva, con garum en otras vidas.
Me alimento de Bolonia y ella se alimenta un poco de mí: también me roba parte del alma.


  Ola, agua, oro, plata. Alma y alimento.


Empujo montañas. (Con la única fuerza de la palma de mi pequeña mano y la energía telúrica  que sube desde las plantas de mis pies y me atraviesa)

¡Cuánto daría por probar el garum! Se de buena tinta que hay gente que lo fabrica ahora intentando ser fiel  a la receta que dejó  el cocinero- historiador romano Casiano Baso. En varios restaurantes de Cádiz están en ello. Pero puesta a ser pidona, yo solo quiero el garum fermentado en las hondas tinajas de Baelo, macerado el azul de los peces de estas aguas y el verde de las hierbas recogidas en el acantilado. Juntos, bajo el sol de justicia de mi tierra, reposando el largo verano, sudando gota a gota su jugo mítico. Ese  que volvía locos a los adinerados patricios de la lejana Roma. 
Además tenía  fama de alimento afrodisíaco. ¿Afrodita? ¡la que faltaba! Miel sobre hojuelas.

 Hasta que llegue el día en que por fin yo misma me meta dentro de la profunda tinaja y me atreva con la receta de la salsa, y si consigo salir,  me conformaré con seguir siendo una caníbal fraterna y consumiendo los alimentos que  proporciona el terruño. Desde el añorado y sabroso pisto que preparaba otrora la mujer de Paco al cuscús agridulce con dulce de leche de ahora. Pasando por la espuma tricolor al aroma de ensaladilla rusa, que con todo hay que atreverse.Y  las galletas chinas, los bizcochos caseros esporádicos y exquisitos,  las obleas de arroz con chocolate  y los sabrosísimos y espirituales tés variados con los que nos agasaja Fátima y  que son ambrosía para mi paladar. El alimento que reconforta  a los dioses del Olimpo.

               

 Miel, aceite, atún, cuscús. Tinta y sudor.

Recogiendo el puerro de la tierra(Soy el hortelano, el pescador, la pastelera. Alimento mi alma con perfumadas algas hervidas en agua de mar)

Ya he hablado un poco de mis hermanos boloñeses, pero aún no lo he hecho de los humanos. Los humanos no son mis hermanos, son mis primos. Aunque es bien sabido por todos que hay  primos a los que se quiere  como a hermanos.  Y además estos son mis primos por parte de padre y madre: yo también crecí zarandeada por el levante y oliendo el olor de las algas secas que traía el dorado poniente hasta mi patio. Yo también ceceaba como ellos y estaba ligeramente asirocada. Y lo sigo estando.
Los humanos aborígenes boloñeses son unos seres un tanto especiales. Agitanados y cálidos como Lola. Sabios como la Marcelina. A merced de los vientos desde que están en el vientre de su madre, salen de ahí algo despistados y con sentimiento de dejados de la mano de Dios de por vida. Cruzando sus miradas solo con las vacas retintas en los duros inviernos del Estrecho, es lógico que lo quieran todo para cuando llega el verano. Y a veces el verano es tan duro como el invierno. Y  el dragón solo protege a la diosa  y a ellos los deja temblando junto a las pitas, endogámicos,  haciéndose casas ilegales que tapan las vistas a  otras casas ilegales. Mientras el zumbido del viento trece meses al año acaba volviendo mochales al más cuerdo y las gallinas se esconden en sus cuevas.
             

Porque yo estoy convencida de que las avispadas gallinas de aquí cavan oquedades en el suelo pedregoso y se esconden en ellas cuando arrecia fuerte el levante. Y que los burros, los caballos, las vacas con sus terneros coloraditos y hasta los  galápagos de la charca se esconden en unas cuevas secretas. Los perros se ocultan debajo de los coches. A veces, cuando hace mucho viento, a mí me dan ganas de quedarme ahí abajo con ellos, dormitando y guiñando los ojos para que no me entre arena, a esperar a que amaine el vendaval.
Pero no. Nosotras hemos venido aquí a hacer chi kung, y vaya si lo hacemos. Con temporal, cuando marchas a duras penas por la orilla con el viento a favor o el viento  en contra camino de los hermosos pedruscos de las piscinas de Adriano, nunca te cruzas con ningún bicho. Ellos no hacen como nosotras ni como los boloñeses que se quedan como ya os he dicho temblando junto a las pitas. Ellos son sabios y por eso toman la vía de en medio. La Vía del Medio. Del no actuar, imperturbables, esperando que los contrarios se relajen.

                       
              

 Invierno, huracán, oleaje. Yin y yang.

Bajar la energía del cielo. (Tiro fuerte de la energía del cielo y la bajosuavementeY me atraviesa. Yo soy dura, tócame, yo soy frágil. Oscura y clara,  como la luna)

 Yin. Yang. Yo.
 De lo cálido al  frío, de la  sombra al sol, de lo duro a lo suave, así me paso el día. 

 Los opuestos, contrarios  no contradictorios, no son nada el uno sin el otro en este mundo. Y me  forman a mí y a ti y al lagarto y al  cielo nuboso y a la tierra reseca.
            Cielo y Tierra.
               Día y Noche.
                   Poniente y Levante.
                       Europa y África.
                          Mediterráneo y Atlántico. 

 Yo, mujer, no soy nada sin el hombre que vive en mí. Mi sol. El chi kung me ha descubierto entre otras actividades supuestamente masculinas: ¡cuánto me gusta coger un palo y dar mandobles! Que era tierna y podía mecer a un niño hasta dormirlo, ya lo sabía.    
                   

 ¡Jú!  ¡Jú! ¡Cómo nos gustan esas luchas yang! Mis compañeras  del chi kung son mujeres poderosas. Hermosas como diosas humanas, no son otras que las mismísimas Hespérides, como ya habríais sospechado. Con ellas he bailado hasta caer extenuadas, he estado inmóvil sobre una manta durante horas,  he empujado un poco al Bartolo, he sobrevolado como una golondrina toda la ensenada de Bolonia. He bebido cerveza y vino y agua. He reído y he llorado.
He escuchado la cálida voz de Celia hablando de sus plantas o de sus viajes a Pakistán o a Madagascar. He estado atenta a las desventuras de los niños gitanos del Vacie cuando Reyes las ha contado. He seguido a Fátima donde hiciera falta  (¡hasta el  infinito o más allá!),  He reído contagiada de la risa  de Inma, mientras sus ojos  soñaban con poetas peruanos del siglo diecinueve. Una Ana nos ha leído el presente en las estrellas, otra Ana nos ha entretenido con las ocurrencias en estéreo de sus niñas.
 Me he reído de lo lindo con las interpretaciones del futuro que leía Carmen en las cartas. Sedienta, me he bebido las historias de la selva amazónica en boca de la simpar y exquisita Claudia. En el sentido español del término: me  comentó la última vez  que en portugués de Brasil,  exquisito  es algo sucio, ruin. 


Junto a una o varias copas de vino, o en el cálido mirador oriental de Lola, hemos charlado de nosotras, nuestros hijos, nuestras madres.
Nos hemos bañado desnudas entre las olas salvajes del atlántico para regocijo de los atunes. Para siempre quedará en mi memoria la imagen de Ana surgiendo de la espuma del mar, no como la esbelta Afrodita de Botticelli,  sino como una bella y redondeada Venus neolítica, embarazada de sus mellizas.
Amigas, hermanas. Joder. ¡Qué bien nos lo  pasamos  juntas!
 Aunque Bolonia para mí ante todo es soledad.

“Las sombras de las verdes hojas

Rasgadas del plátano se
Agitan en desorden. La mitad
De la luna llena se alza
Por encima del balcón encarnado.
El viento trae desde el
Cielo Esmeralda una canción como
Una sarta de perlas, pero
La cantante está invisible tras
Sus bordadas cortinas”


 El hilo donde se ensartan  las perlas.
 Cuidando con mimo mi soledad.
 Paseando  entre las ruinas una y otra vez, con sol ardiente o con nubarrones  o con ganas de llorar.
 Rezándole una oración pagana a la diosa Isis frente a  las piedras rotas de su templo.
 Oyendo de noche, estremecida, el ulular del viento.
Apretando fuerte en mi mano un guijarro o un pedazo de terra sigilata,  fetichista imperfecta.
 Mirando el mar desde la única ventana que queda en Baelo Claudia, el Gran Ojo que todo lo ve.
Subiendo penosamente a la duna y tirándome para rodar  como un canto de río, como una roca.
Bañándome a pesar del  frío y buceando entre las olas.
Caminando por la orilla bajo un visillo de fina lluvia.
Yo, sola e invisible tras las cortinas, como Sun Tao- Hsüa.

Por la noche, camino del hostal, mientras escucho las voces y las risas de mis amigas, yo voy contando en la oscuridad  sin luna las gotas de leche de la vía láctea. 

       



Piedra, noche, Venus, perla. Amigas. Hermanas.


Unifico la energía exterior y la interior.  (El agua  turquesa que veo desde el acantilado perfumado de retama y alhelí de mar,  se mece en el pozo de mi ombligo. Cuna de la hembra misteriosa cuando era niña.)

Enganchada a Baelo en el sentido literal del término. Así permanezco desde entonces.
La primera vez que recalé por aquí fue con el instituto en  tercero de B.U.P. A las ruinas no se entraba por el bello y cuestionado museo actual, sino por una puerta rota que había junto al ombú. Las excavaciones entonces estaban menos avanzadas y parte del recinto estaba malalambrado. Fascinada por las piedras que allí veía (apuntando maneras, ya las sentía como algo mío  en aquel lejano entonces) me agaché para acercar más mi cabeza  a ellas y mi melena larga y rizada de dieciseis años  se enganchó a los alambres. Un guapo y joven profesor de los de entonces, solícito, me ayudó a desengánchame, pero ahora sé que no lo consiguió del todo.
Desde entonces mi aliento vaga entre los pinos y las columnas  rotas en las noches de luna llena, como la mujer licántropa  y fantasmal  en la que me he convertido. ¡Auuuuuuuuuuu!



Mmm…Mejor hablemos del ombú. El árbol de la bellasombra. Ese árbol americano que no es un árbol, sino un arbusto, por grande que sea. No se puede ser más paradójico y más bello.
 Este año, puede que por los temporales del duro invierno, la fronda del árbol se ve más escasa, pero otras veces su gran copa verdea los alrededores y da cobijo al que se lo pide. Bajo la sombra del ombú  había un banco de esos que te dejan la espalda a tiras. En ese banco me he sentado alguna vez a reflexionar sobre mi condición de animista. De animista impura, de la cual  no me avergüenzo.

En realidad todo este texto no me parece más que un manifiesto animista, al estilo de los panfletos surrealistas o dadaístas de los años veinte. Dios se reparte por igual para mí entre lo animado y lo inanimado. El azul brillante del cielo primaveral, el salitre de las rocas perfumadas de mar y el propio perfume, la gallina con su pico naranja y cada uno de sus polluelos, la base de la columna romana que sostiene la maceta de geranios. ¡Ay! La  vaca color caoba, la gaviota que pasa por encima de mi cabeza riéndose burlona, el pequeño escarabajo que tenaz, una y otra vez sube la montaña de arena.
Aunque si lo pienso desde otra perspectiva también soy budista. Pero ojo: budista inversa.             
              
Creo firmemente en la reencarnación. Cuando muera, viviré en la vaca marinera que pasea indiferente por la orilla. Cuando muera la vaca, mi yo se refugiará en el nervioso correlimos que también pasea por la orilla, pero éste siempre corriendo, buscando gusanillos en la arena. Cuando muera el correlimos, seré el galápago del arroyo seco. Cuando muera el galápago, mi alma volará hasta el bello escarabajo, negro como una perla o una aceituna. Después seré un alga encallada entre las rocas, o aún menos, el perfume de las algas. O aún más, quién sabe.

Es superguay ser budista inversa. ¡Apuntaos!



Contrabando, noche, lluvia Vida y muerte.


Apertura frontal.(Las puntas de mis dedos acarician  la cortina que me separa del mar. Me hace cosquillas y sonrío)



Ausencia, dolor, miedo. Vida y muerte. También de estos contrarios está moldeada mi Bolonia.
Qué lanza me clavó en la espalda, a traición,  el primer zapato viejo que vi en la orilla, el primer jersey roto, la primera zodiac arrumbada entre las rocas. Después he visto muchos más zapatos y más zodiac y restos de pateras y todos y cada uno de ellos  me ha cuarteado un poco más el corazón.
 Pero debo ser consecuente con mi condición de animista impura, y aceptar que mi paraíso repartido en mil pedazos, también guarda cristales  de dolor,  un colorido mosaico con algunas teselas tristes.
Viajes que acaban en naufragios, negros sueños rotos. También se rompen  mis sueños en pedazos si el océano se traga  los de mis hermanos.
Aunque no siempre estos viajes acaben mal y aquí mismo en la orilla empiecen a veces las segundas oportunidades. La patera se acercaba y nosotras seguíamos en la postura del árbol,  inmóviles, con los brazos abiertos. Como dándoles la bienvenida.

               


Perfume,  árbol, sombra, escarabajo . Despedidas. Bienvenidas.

Abrazo del árbol.  (Abrazo al olivo retorcido, a la alta palmera por donde trepa el gato. Al verde y perfumado pino que un lejano día se tragará la duna)

Las musas etílicas se apoderaron un día de mi mano y convertí el agua en vino. Bueno…quizás esté siendo un poco exagerada. Hace unos años, en una de esas nuestras famosas despedidas de Bolonia en las que solo faltan  Astérix, Obélix y algunos jabalíes, nos sentamos más de veinte personas alrededor de una  gran mesa en "La Reja".

He hablado hasta ahora de muchas mujeres, pero en Bolonia también nos hacen compañía a veces  algunos hombres valientes.

Aquel día, a los postres y orujos, Fátima pidió que dijéramos cada uno unas palabras relacionadas con lo que habíamos vivido esos días para construir entre todos un poema grande  y disparatado. Yo ejercía de amanuense y anotaba en un arrugado papel cada frase enlazándola con la frase anterior, formando una cadena con eslabones dorados o de hojalata, pero todos felizmente recibidos. Risas y aplausos. Al hijo de Fátima, Yi Min, le tocó decir la última frase. Entre tantas primeras espadas el chico se abrumó un poco, y fue el único que salió del paso con un refrán: Cuando el río suena, agua lleva. La musa  del vino tinto le puso con mi mano un rabito a la n. Así que la frase concluyente no fue otra que la hermosa “Cuando el rió sueña, agua lleva”. Aullidos de placer. ¡No hay nada como ser un poco borracha de vez en cuando!


Al acabar, los adioses. Las bienvenidas unos meses después y luego otra vez las despedidas. El eterno retorno de  Bolonia. A algunas no los vuelvo a ver, a otras los reencuentro en otro contexto. Otras están conmigo casi siempre, también cuando estamos a oscuras. A oscuras, con los ojos tapados en la gran sala multiusos, nos perseguimos y bailamos, nos empujamos o escabullimos unas de otras. A oscuras hacemos chi kung  en la playa, con los ojos tapados con pañuelos. A oscuras, la serie de los cinco animales, nos sale al revés que con los ojos abiertos. El mono que se me resiste despierto, es saltarín y espontáneo con los ojos cerrados. El tigre  tropieza y pierde  parte de su ferocidad. La grácil grulla, con los ojos tapados, es desgarbada y posee menor  elegancia su  alto vuelo…

 Bolonia a oscuras. Bolonia del revés. Bolonia de noche.

No quiero ponerme pesada, pero algunas veces también hacemos chi kung por la noche, en la playa. Con los ojos abiertos, pero también a oscuras.
Entonces  me atrapan el olor de la arena mojada y las luces de Tánger como un sueño allá a lo lejos y siento la pulsión de cruzar el charco a nado.Y  pasear por las retorcidas calles tangerinas,  parar en un café atestado de parroquianos fumando en narguile para  tomarme un te bien cargado de hierbabuena.

Y quiero transformarme en caballa o en pez limón  o en una sirena,  para nadar y nadar entre las corrientes enfrentadas del Estrecho, sin miedo al agua negra o al tráfico de petroleros.


Sirena, escama, sueños, especias.  Corrientes. Naufragios.

La dragona se sumerge en el agua. (Desde lo alto del acantilado, dejo que la mañana verde, turquesa, azul, me devore  lentamente)


Como estoy cada vez más sofisticada, últimamente quiero ser una dragona. ¡La novia del dragón de la ensenada! Enorme, cubierta de brillantes escamas verde esmeralda y azul eléctrico, como el lagarto ocelado. Y en dos zancadas, haciendo temblar el fondo marino, pisando naufragios, llegar a África como si tal cosa para tomarme un te bien caliente, comprar especias de pinchitos y volverme con mi novio de  otras dos zancadas  porque que sé que mi amor boloñés me está esperando.
             
   



Dragón y  dragona, juntos, una sola eternidad.
                                                          
           
Pipipi piiii…¡Un nuevo mensaje!  La compañía de comunicación y teletransporte  marroquí se vuelve a llamar MORTEN.  Ahora con todas las de la ley. 

Han pasado muchos, muchos, muchos años. Soy muy vieja ya, toda yo huesos torcidos. Estoy sentada en la orilla de la ensenada esperando. Sobre la arena húmeda, porque ya no me importa el reuma. Lamo una piedra con salitre para irme haciendo a mi nueva vida de vaca que está a la vuelta de la esquina. Si me la merezco.

Pasa un perrolobo blanco corriendo por la orilla y me salpica. Me recuerda a Luna. A solo unos metros, unos  niños rubísimos hacen un pozo profundo y se bañan en él, lo rodean de torcidas montañas de arena  que cubren con conchas y piedritas. A la memoria me viene la imagen de mis hijos en esta misma playa, pequeños, desnudos, gorditos y brillantes porque acababan de salir del agua. Aquel día estaba yo muy rara, como resacosa de un mal viaje de peyote y el día también estaba muy extraño: con la espesa niebla, el horizonte confundía cielo y mar, amarilleándolo todo. Irreal como girones de  sueños. Veía a mis niños en la distancia, extraños, riendo por algo que yo no entendía,  haciendo un pozo en la orilla. Aureolados por  un nimbo de oro. Y yo sin poder decirles ni una sola palabra. Mis hijos. Y mi amor.

Ahora estoy sentada en la arena y solo espero. Una mariposa blanca detiene su vuelo en mi fontanela, el tercer dan tian que me abre las puertas del cielo. Cierro los ojos y sueño.


     “Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de 

rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existencia de 


mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. 


Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si


 soy  una mariposa que sueña que es Chuang- Tzu”.