Siempre me han gustado las personas seguras de sí mismas,
aunque me dan cierta grima las personas tan seguras de sí mismas.
Me encantan el aullido del viento y la tormenta y si me preguntas, quizás elijo el cielo
azul.
No soy voluble en mis criterios, pero a veces, en el último
minuto, doy otra versión de los hechos o me contradigo con sonrojo.
Miro los sucesos por
aquí, por allí, por detrás, como quien coge un prisma de cristal, analiza el
arco iris de cada uno de sus los lados y no se queda con ninguno. O con varios.
No sé si prefiero el
campo o la ciudad. Los gatos o los perros. A veces lo salado o hasta lo amargo, a veces lo dulce.
En algunas ocasiones me planto en una postura, en una
canción, en una idea, hasta que me convierto en estatua de sal.
El mayor piropo que me hizo un noviete de juventud, fue que
era la mujer más complicada que conocía.
Ahora ese floreo ya no me halagaría por supuesto: la edad,
en su esencia, camina hacia la simplicidad. O debería.
Me he acordado esta mañana de una niña llamada Mª Isabel. Triunfó
hace unos años en un festival infantil con
una canción pegadiza que se llamaba "Antes muerta que sencilla". La
letra de la canción es un desatino: la
niña mezcla potajes con máscara de pestañas y hasta dice usar Chanel nº cuatro porque le
sale más barato, todo ello para afirmar su extravagante identidad.
Pensé colgar ese vídeo en esta entrada, pero recapacitando
lo vi una barbaridad: es insufrible. Así que pongo este de Janis Joplin que me
gusta mucho más, aunque no tenga mucho que ver con lo que estaba contando. Pero algo tiene que ver ¿o no?
Ya te lo he dicho: antes muerta que sencilla.
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