sábado, 22 de febrero de 2014

SOLILOQUIO DE LA MUJER INVISIBLE.



Soliloquio de La mujer invisible.

(Sobre la base del poema de Agustín García Calvo).


-Tú que estás en el cielo y lo ves ya todo claro, Agustín, mírame y dime ¿qué rastro queda en mí de la ahijada de Afró Tambú, si es que alguno queda?

-¿Afró Tambú? ¿Aquella Venus venenosa a la que con tanto esfuerzo aún hoy intento olvidar? ¡Ay! No me importunes con preguntas y deja que descanse a la sombra de la luna, sobre el heno del establo de los centauros; ya pasé lo mío. Por alguna de sus hijas,  yo pené la larga sed de los paraísos, la llaga en flor de mi pecho no cicatrizó y al final me morí de ella, de ellas. Haz examen de conciencia  bajo aquel árbol florido y contéstate tú. Apaga la luz cuando salgas, quiero mansa oscuridad en la cuadra.

-De acuerdo, recojo mis zapatos y me voy de puntillas. La muerte debe ser ese mullido lecho de paja  cálida y perfumada de otoño en la cual duermes ahora, sin ganas de polémica y dar respuestas a preguntas tontas. Se te ve bien en postura fetal. No te enfríes: cúbrete con tu pañuelo.

(Suena el clic del interruptor)

Hoy voy a ser yo la del soliloquio. 


Enciendo  el foco, me siento en el taburete  e intento responderme con sinceridad: no te diré que nada, pero sí que poco. Estoy en ese estadio intermedio en el que a veces me desaparece un brazo, otras todos los dedos de la mano izquierda, otras, la cabeza completa o solo la frente. Con más frecuencia cada vez el cuerpo entero. 

Se ve que no debo inquietarme: son cosas de la invisibilidad.

Por ello sufro, no creas, mas cada vez le veo mayores ventajas. Puedo ir a un concierto despreocupada, sabiendo que a la salida nadie va a besar de mis nalgas la huella en el sillón, puedo pasear por el vial sin que inquietos perros husmeen mis huellas y leer tranquila en un banco del parque sin que ningún hombre me desee arder, como arde él.

No hay remolinos en el agua, mis pies en la orilla del río casi no dejan rastro. 
El cauce del  torrente se ha templado y la noche está serena.
¿Lo escuchas? Si afinas tu oído, el tam tam de Afrodita, la señora de las rosas y el amor, aún resuena a lo lejos, tras las últimas rocas.
 Ser la mujer invisible es cómodo, Agustín, aunque a veces corra ciertos riesgos al cruzar la calle. 





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